Pocas ciudades logran que una copa de vino se sienta como una extensión natural de su propio paisaje.
San Miguel de Allende lo consigue casi sin proponérselo: su arquitectura colonial, barroca y neogótica —con la Parroquia de San Miguel Arcángel como imagen más reconocible— ya tiene ese mismo carácter que se busca en un buen vino de altura: estructura, elegancia y una identidad que no se parece a ninguna otra.
No sorprende que en 2020 haya sido nombrada la segunda “Mejor Ciudad del Mundo” por los World’s Best Awards de Travel + Leisure, ni que hoy sea, también, uno de los rincones más codiciados del enoturismo guanajuatense.
A los pies de sus calles empedradas y de su vida bohemia —galerías de arte, cafés, restaurantes boutique— se extiende un territorio de valles y montañas donde han encontrado un lugar ideal los viñedos que rodean a la ciudad, con propuestas enoturísticas boutique que combinan catas, recorridos y experiencias gastronómicas pensadas para complementar, no competir con, la vida cultural del centro histórico.
Muy cerca, el Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco —la llamada “Capilla Sixtina de México”, también Patrimonio de la Humanidad desde 2008— y el Charco del Ingenio, reserva natural de una biodiversidad excepcional, completan un mapa de experiencias que va mucho más allá de una sola tarde de visita.
Existe, de hecho, un circuito del vino ya reconocido entre San Miguel de Allende y Dolores Hidalgo, que conecta a ambos destinos en un mismo recorrido: se puede pasar la mañana entre viñedos y llegar a comer al centro histórico, o al revés, cerrar el día con una copa después de recorrer plazas, templos y jardines.











































